http://www.claridadpuertorico.com/content.html?news=76417814304856266FE748A12DB466B0
La mujer, como símbolo ha sido una de las figuras retóricas más utilizadas por la literatura para denotar la modernidad. Tan sólo tenemos que recordar los personajes de la Madelaine francesa, o la sempiterna figura de la Madre Patria. O las grandes heroínas de la novela moderna- Ana Karenina, Emma Bovary, Doña Bárbara, María. Esa mujer de pechos al aire, comandando tropas o amamantando al pueblo, nació y creció en el siglo XVIII y XIX y, de alguna manera se nutrió de los cultos marianos (ahora laicos) y de las representaciones bucólicas de la naturaleza. Pero, llegado el siglo XX, ocurrió un curioso fenómeno –el simbolo encarnó en mujeres de verdad que comenzaron a exigir participar en los proyectos de la modernidad.
En realidad, esto ocurrió antes, con una pléyade de feministas francesas capitaneadas por Olimpia de Gouges. Estas mujeres participaron de la Revolución, pero terminaron descabezadas y presas. Ya en el XX, la lucha la prosiguieron sus herederas directas, las mujeres anarquistas del XIX, Rosa Luxemburgo y las líderes sindicalistas, Luisa Capetillo, Flora Tristán. Todas terminaron perseguidas, asesinadas. Estas mujeres prepararon el camino que después recorrieron muchas sufragistas, artistas y escritoras, entre ellas Tina Modotti.
Es curioso. La propuesta base de la modernidad- que es, si no me equivoco –el nacimiento del ciudadano y de los derechos del hombre– fue creando una “nueva necesidad” –la de garantizar la igualdad de acceso a todos los derechos nacionales por parte de todos los habitantes de las naciones modernas. Muchos “ilustrados” alertaban de que la medida que cuantificaba el grado de desarrollo cívico de las naciones; es decir, su grado de civilizacion, era la participación de las mujeres en la toma de decisiones políticas. Que los derechos del “Hombre” debían extenderse a la mujer. Este, claro, no fue el caso ni en las naciones pioneras y más antiguas de las revoluciones modernas.
Por tanto, para las mujeres el proyecto político de la modernidad se convirtió en un proyecto más que retórico, de hecho fue en gran medida liberarse de las trampas de la retórica; atreverse a vivir una vida acorde con los preceptos de los derechos ciudadanos. Vivir la modernidad; que es lo mismo que vivir la igualdad, la libertad y “the pursuit of happiness”. Lo político y lo privado necesitaron fusionarse –la patria y el melodrama fueron uno–, lo sentimental y lo público también. No había escapatoria –para poder lograr ser considerada como partícipe de la modernidad, la mujer debía vivir la modernidad– comportarse no como mero símbolo sino como mujer de carne y hueso, y, desde esa corporeidad, volverse, de nuevo “modelo” de una modernidad inclusiva, radical.
Algo muy parecido nos pasa ahora. Con el desgaste de las ideologías, y la trivialización del discurso de los derechos ciudadanos, se nos olvida una cosa. Existe gente en este planeta que no goza de plenos derechos ciudadanos; que no tienen, por ejemplo, derecho al matrimonio, a adoptar hijos, a heredar de su compañero; que se le aplican leyes especiales para salvaguardar al resto de la población de su presencia y contacto inmoral, que han vivido persecusión, que son víctimas de crímenes de odio que la sociedad no ataca; en fin, que no tienen derecho a vivir como ciudadanos en igualdad de condiciones en una supuesta modernidad que los acoge. Los derechos humanos –los derechos del Hombre, siguen excluyendo a un amplio sector de la humanidad que cae bajo dicha categoría, pero sólo de manera retórica, simbólica– mediante un denotativo que no nombra su diferencia. Para esta gran parte de nuestra humanidad, pelear derechos tiene que volverse un acto revelador, encarnado –donde la sexualidad, el amor, el melodrama, las tragedias privadas tienen que salir a esfera pública. Se tiene que romper la imagen de (hombre) , mediante su deconstrucción o su múltiple yuxtaposición con otras imágenes “de dudosa procedencia”. La moralidad se apodera del discurso político, los actantes se mueven en aguas contradictorias, movedizas, el amor se convierte en campo de debates ideológicos y en predios de batallas suprapuestas.
¿Cómo llevar esta batalla contrarretórica a predios literarios?
Creo que José Ignacio Valenzuela nos ofrece una hermosa posibilidad.
Madame Bovary c’est moi/Tina Modotti soy yo
Ya conocemos la anécdota literaria. En el 1856-57, la Revue de Paris comenzó a publicar una novela por entregas escrita por Gustave Flaubert. Luego de un viaje por Turquía, Egipto, Italia y Grecia, Flaubert empleó 5 años encerrado en su granja en Croisset sur le Seine dedicado al desarrollo de esta novela. Le decían el oso de Croisset. Escribía en bata, obsesionado por le mot juste. Muchos lo pensaron loco.
En el 1857, aparece Madame Bovary. Flaubert fue acusado de inmoral por su descripción realista del adulterio. Fue llevado a juicio y condenado aunque no preso por la jurisdicción del censura de la Segundo Imperio. En sus declaraciones públicas, intentando defender su novela, Flaubert argumentó que hay tanto de su vida en su novela que concluye: Madame Bovary c’est moi. Muchos jamás entendieron el juego retórico de Flaubert ni las implicaciones poco banales de esta frase. ¿Cómo es posible que este célebre escritor francés diga que es mujer- pero no cualquier mujer- sino una mujer adúltera- una inmoral ante los ojos de la sociedad burguesa moderna; que su sensibilidad, su educación sentimental lo lleva por los mismos derroteros que los que camina una mujer adúltera –es decir, una cuidadana inmoral y criminal inconforme con el espacio social delimitado que se les asigna a las mujeres en el mundo? Que ésa es su tragedia –la de Flaubert el escritor– el amante de Collet la escritora, que vive con su madre y su sobrina en una granja en Rouen, que participa de las grandes transformaciones de la modernidad y las recoge en su novela más política- que, contradictoriamente, lleva como título La educación sentimental.
Flaubert nos anuncia una nueva sensibilidad que no es épica, para nada épica. Que no habla de guerras ni de héroes, sino de amores entre gente común –las grandes batallas de los ciudadanos.
No sé si Valenzuela escogió a Flaubert como guía cuando decidió emprender la tarea de escribir La mujer infinita; pero, definitivamente, su gesto ya estaba predeterminado por la historia. La ecuación queda establecida- pero con los nombres cambiados- si en Madame Bovary, Flaubert es el protagonista; en La mujer infinita Pablo (alterego directo de Chascas) es Tina Modotti.
Jose Ignacio Valenzuela ha escrito una novela pesada, de imbricada factura que se basa en la vida de Tina Modotti o más bien, eso dice en la contratapa. Eso también evidencia la trama de la novela que bien puede resumirse de esta manera: Pablo, –un guionista famoso– trabaja en la redacción de un guión para una película sobre Tina Modotti que una actriz infértil –Eva– encarnará. En el proceso, Tina efectivamente “encarna”. Le va dictando a Pablo escenas de su vida- le revela cuán profunda era su pasión por Juan*, lo que pasó cuando la quisieron culpar de su muerte y jugar la carta de su “inmoralidad” para encubrir contubernios de represión política. Encarna, de hecho la Modotti en Pablo durante una marcha por los derechos gay en México; hecho que provoca una infidelidad de Pablo contra su compañero Tom y una posterior ruptura. Y luego, Tina desciende sobre Eva, la actriz estéril que termina prestándole su vida pariéndola.
Tina Modotti, la mujer infinita.
Pero éste es sólo un plano de la lectura de la novela de Valenzuela.
La novela provee otras ricas propuestas de lectura; sustentados por su organización formal. Valenzuela utiliza el montaje “montage” como técnica narrativa en su novela. Tina es, a la vez Pablo , a la vez Eva, a la vez Tina-personaje literario- es decir, que nuestro autor logra fundir esas voces sin borrar las diferencias de caracterización. Identifica a un guionista varón con una fotógrafa italiana de manera que los dos son uno, que las sensibilidades de Pablo se reflejan en las de Tina, que de hecho, las sensibilidades y la vida de Tina le hacen entender mejor la suya. No, me equivoco. Dicha revelación no se da en Pablo, que enloquece al final de la novela (me hubiera gustado que no hubiera enloquecido) pero se da en el lector, que va siguiendo esta compleja red de paralelismos hasta que al final entiende que Pablo es Tina, es Eva, es (soy, c’est moi ) yo. Es decir, que las vidas humanas son todas diferentes pero similares y que si bien Tina tuvo que pagar el más terrible de los precios por intentar encarnar las propuestas más radicales de la modernidad, su lucha no acabó con ella. Ahora mismo existen personas que luchan por lo mismo. Luchan por sus derechos humanos como inmigrantes, como hombres gay, como lesbianas, como negros y también pagan el precio que pagó Tina hace casi 100 años –el precio de la persecusión, la cárcel, el sello de persona de dudosa moralidad, y, peor aún, el no tener país que los acoja– el de ser expatriado de todas las patrias- el no caber en ninguna nación como persona de carne y hueso- como símbolo sí, como categoría retórica sí, pero como ser humano (complejo, ambiguo, diferente) no.
Es decir, que la mujer infinita muy bien puede ser un hombre, una actriz estéril, un lector como tú y como yo. Valenzuela intercambia la retórica categoría “hombre” como en “los derechos del hombre” por la categoría mujer. Este gesto o traslapación es el inteligentísimo gesto base de esta novela. Un gesto bello, valiente, generoso y sobre todo, logrado con gran maestría formal. Porque, que no me malentienda nadie- la mujer infinita no es una novela panfleto- es una novela de pasiones; la pasión de ser un ciudadano; -de intentar amar en medio de batallas y de miserias- que es, según Alejo Carpentier, cómo el Hombre alcanza su verdadera magnitud en el reino de este mundo.
Sobre travestismos literarios
La operación es sencilla, pero eficaz. La conozco bien; la he practicado. Todos los escritores somos nuestros personajes. A lo largo de la historia, muchos escritores hombre han decidido “transformarse” en mujer y muchas escritoras mujeres, en hombres. Algunas nos hemos trasvestido en monstruos- como es el caso de Mary Shelley, o en hombres-mujeres-hombre- como Virginia Woolf, o en travestis- como Sirena Selena.Así hemos intentado proponer otra “sensibilidad” que sea , a la vez, y por contradicción que no invalida sus opuestos, pública pero íntima, política pero no confrontatoria, radicalmente inclusiva. Hemos intentado escribir contraépicas de la modernidad en donde la política no esté tan sólo enfrascada en el confrontamiento (y discurso) de la “Lucha”, sino que abra espacios para inclusiones íntimas de la diferencia. Para los derechos ciudadanos.
Pero en esta novela que tenemos delante, José Ignacio va más lejos aún de la mera violación de las delimitaciones de género. Valenzuela traspasa, rompe e implosiona las categorías de la realidad. Borra el pensamiento binario que establece que la realidad/historia es lo opuesto de la ficción, que la literatura es lo opuesto de la vida, que la política es lo opuesto del amor. En La mujer infinita, Valenzuela es Pablo (son evidentes los paralelismos), es Tina Modotti (históricamente hablando), es Eva. La Mujer Infinita no es una novela gay, no es una novela histórica, no es una novela gótica de fantasmas, no es una novela biográfica, sino todas las anteriores. Es una novela hiperreal. A fin de cuentas, Valenzuela propone una realidad en donde todos somos actores, en donde el yo es suma de contrarios, reencarnaciones de un trauma no resuelto, el infinito enfrentamiento entre la diferencia y los proyectos “igualitarios” de la modernidad.
Es curioso. Vivimos en tiempos convulsos, de portones removidos sin previo aviso, votos de huelgas robados, pedradas y tablazos en aras de la justicia. Otra vez, la literatura propone otra “educación sentimental”. Que seamos mujeres, que luchemos como mujeres por los derechos de todos –como lo hizo la Modotti. Valenzuela nos lo recuerda. Tina Modotti c’es moi. ¿Lograremos algún día tomar en serio esta estrategia?
Texto leído en la presentación del libro.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada